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| Imagen extraída de Holy Motors, Léos Carax, 2013. |
Anoche
volví a ver, tras un par de años que hace que la descubrí, una de las películas
francesas más extrañas que he visto en su cine reciente, la metapelícula Holy motors. Si me preguntaran por su
trama, diría que es una película sobre la propia película, una película cuya
justificación radica en su existencia, circular, absurda e infinitamente
compleja. Parece simple, y puede resultar tediosa en el momento en el que
pillas la mecánica, cuando descubres cómo funciona ese motor sagrado que hace
que todo avance, pero esta mecánica supuestamente simple no es más que una
ilusión, un truco, como diría Jep Gambardella, detrás se esconden miles de
capas, que a lo mejor están ahí intrínsecamente, o a lo mejor solo están para
el ojo del espectador. Al fin y al cabo, ¿qué sentido tiene actuar cuando ya
nadie está mirando?






