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| Portada de The devil and God..., que representa simbólicamente uno de los temas centrales del disco: la dicotomía del bien (la niña, la pureza, la inocencia) y el mal (los demonios). |
Ha
llegado la tormenta. Llega en forma de sombra y frío, no hay ojos para
recibirla, el silencio es la única respuesta para los que no conocen el cielo.
Y da miedo la soledad, da miedo el helado tacto de la nada y el vacío, pero es
peor aún el infierno. Desde una perspectiva cristiana, la muerte puede ser algo
más terrorífico aún que el simple dejar de existir. El concepto del pecado y de
la condena eterna pueden hacer de la existencia un cuchillo sostenido
permanentemente sobre el cuello, dispuesto a clavarse en cualquier momento,
cada minuto una herida, cada noche un tormento. La vida nunca es completa,
siempre termina abruptamente. La muerte es por naturaleza inoportuna, y por
ello cada vida es algo inconcluso, una fuente natural de frustración, una rosa
que sangra cortada antes de florecer por completo. Y en esa carrera desesperada
contra el final ineludible, en esa batalla inútil, buscamos consuelo, buscamos
algo de amor con el que refugiarnos del frío, buscamos la manera de eludir un
destino terrorífico, buscamos ser felices, pero erramos. Reflejamos en nuestros
actos los miedos de los que huimos, y dejamos de amarnos, encontramos placer en
herir a los otros, y hacemos de la Tierra un valle de lágrimas, alimentamos al
monstruo, y cada noche, solos en la cama, tememos de nuevo que nadie va a
salvarnos de nuestros pecados, que ya es demasiado tarde para eludir la condena
al infierno. Esta es la perspectiva filosófica en la que se mueve el disco del
que vengo a hablar hoy: The devil and God
are raging inside me. Bienvenidos a la tierra del sufrimiento.



